Querido diario,
Hoy me levanto una vez más con el corazón angustiado, contemplando cómo día tras día testificamos la vulneración sistemática de nuestros derechos humanos más fundamentales. Es imposible permanecer indiferente ante la cruda realidad que nos rodea.
Observamos con profunda indignación cómo nuestros presos políticos permanecen confinados en oscuras mazmorras, donde son sistemáticamente vejados, insultados y humillados. No se les proporciona la atención médica necesaria cuando la enfermedad los abate, y se les niega cruelmente el consuelo de recibir visitas de sus seres queridos. ¿Hacia dónde nos conduce este régimen opresor y cobarde que ha perdido toda humanidad?
Por otra parte, el sagrado derecho al trabajo —esa dignidad de levantarse cada amanecer para ganarse el sustento mediante el trabajo honesto— también ha sido brutalmente vulnerado. Los frutos de nuestro sudor y esfuerzo se desvanecen en el aire, resultando insuficientes para satisfacer nuestras necesidades más básicas y las de nuestras familias. La inflación galopante y la crisis económica han convertido el pan de cada día en un lujo inalcanzable.
El derecho a la educación, esa antorcha que debe iluminar el futuro de las naciones, yace también quebrantado. Nuestros docentes, pilares de la sociedad, sobreviven con sueldos que rayan en la pobreza, sin motivación alguna para continuar su noble misión. Los planes de estudio se han deteriorado hasta convertirse en un lastimoso remedo de lo que debería ser formación integral, y las infraestructuras educativas distan mucho de ser adecuadas para el elevado propósito de enseñar y formar consciencias.
Con el alma cargada de esperanza y la mirada puesta en un amanecer mejor, me despido deseándole a mi querido pueblo los mejores días. Que este régimen caiga pronto y que podamos, por fin, contemplar el despertar de tiempos más prósperos y justos.
Argenis Tavacare