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El primer síntoma no fue el hambre, sino el silencio.
Las pantallas dejaron de mostrar precios.
Las tarjetas, de funcionar.
El gobierno anunció una “actualización monetaria temporal”, pero todos sabían lo que significaba: otro rescate, otra confiscación encubierta.
En los barrios pobres, los drones patrullaban con altavoces que decían:
“Todo ciudadano registrado recibirá sus créditos cuando se reactive el sistema.”
Pero el sistema no volvió.
Sofía, una enfermera jubilada, había guardado bajo su cama un pequeño USB. Su nieto lo había configurado años atrás: “Solo necesitas recordar estas doce palabras, abuela”.
Mientras la mayoría hacía cola para recibir sus nuevos tokens del Banco Central —vinculados al iris, al historial médico y al comportamiento social—, Sofía encendió un viejo portátil desconectado de la red estatal.
En la pantalla negra, una frase titiló:
“Nodo en línea. Red descentralizada activa.”
Por primera vez en semanas, su corazón latió con esperanza.
El dinero no debía obedecer a nadie.
Y mientras el país entero se arrodillaba ante los nuevos “créditos ciudadanos”, un pequeño bloque de libertad seguía minándose en la oscuridad.
⚡ “Cuando todo colapsa, solo lo que no depende del poder sigue vivo.”
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