Cuando el mundo deja de hablar de política y empieza a hablar de crimen, el régimen pierde el control del relato.
Eso es exactamente lo que ocurre con las declaraciones de Donald Trump sobre Venezuela.
Más allá del estilo, directo, confrontacional y sin diplomacia, lo verdaderamente relevante no es el tono, sino el marco desde el cual se habla. Trump no discute elecciones, negociaciones ni “salidas políticas”. Habla de robo de activos, narcotráfico, trata de personas, terrorismo y criminalidad transnacional.
Ese cambio no es retórico: es estructural.
Durante años, el régimen de Maduro ha sobrevivido porque logró mantener el debate en el terreno político: sanciones “injustas”, victimización internacional, supuestas disputas ideológicas. Pero cuando el lenguaje cambia y el problema se define como crimen organizado, esa narrativa se derrumba. Ya no hay “dos versiones”. Hay delitos.
Las declaraciones de Trump reencuadran a Venezuela no como un Estado con problemas, sino como una estructura criminal que opera desde el poder, financiándose con petróleo, narcotráfico y redes de tráfico humano. Y eso tiene consecuencias muy concretas: legitima la interdicción, el aislamiento operativo, la persecución financiera y la cooperación internacional en clave de seguridad, no de diplomacia.
Por eso el punto más delicado no es la amenaza militar, sino la criminalización del régimen. Cuando se habla de terrorismo, de organizaciones criminales y de activos robados, el régimen deja de ser un interlocutor y pasa a ser un objetivo. Ya no se le pide que negocie: se le exige rendir cuentas.
Este es el verdadero quiebre. No es “Trump versus Maduro”. Es el fin de una etapa donde el mundo fingía que esto era solo política. Cuando el relato se mueve al terreno del crimen, el régimen pierde su principal arma: el control de la narrativa.
Y cuando un régimen pierde el relato, lo ha perdido todo.