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El patrón oro de Internet (2012)

“Si la moneda es buena, no es necesario el curso forzoso para que la gente la acepte. Y si no es buena… ¿Qué clase de tirano obligaría a su pueblo a aceptarla?”

En los últimos años hemos sido testigos de revoluciones tecnológicas que se suceden a un ritmo cada vez más acelerado, casi sin dejarnos tiempo para reflexionar sobre su impacto: internet, los teléfonos móviles, el correo electrónico, etc. Sin embargo, hay algunas ideas cuya capacidad para cambiar el mundo es tan abrumadora que cuando las descubres no puedes sino pararte a pensar. Cuando leí por primera vez sobre Bitcoin en septiembre de 2010, mi interés solo se veía superado por mi escepticismo. ¡No era posible que Bitcoin fuese todo lo que decía ser! Yo ya había sido testigo de varios intentos de crear monedas

electrónicas o monedas alternativas y había visto cómo fracasaban múltiples proyectos y cómo los que tenían éxito sucumbían ante los ataques de los reguladores, a menudo espoleados por los poderosos intereses del orden establecido de la banca, las finanzas, los monopolios monetarios y los anticuados sistemas de pagos tradicionales. Las barreras de entrada eran demasiado gran des y los intereses creados demasiado fuertes para permitir una competencia real. Bitcoin era demasiado bueno para ser verdad.

Me equivocaba. Satoshi Nakamoto había creado algo capaz de revolucionar el dinero tanto como el correo electrónico había revolucionado las comunicaciones.

El Dinero es una institución social de vital importancia. En una sociedad compleja no se puede organizar la actividad económica sin una unidad de cuenta, reserva de valor y medio de intercambio. La virtud de una moneda está en cómo de bien cumple esas tres funciones. Sin una unidad monetaria estable e independiente, no pueden sobrevivir los derechos de propiedad. Sin derechos de propiedad, no sería posible el comercio, el ahorro y la inversión. Y por último, sin comercio, ahorro e inversión, se paralizaría la acumulación de capital, que es la base de todo el progreso de la humanidad. En definitiva, no puede haber un mercado libre sin una moneda sana. En ausencia de un mercado

libre, la Libertad no se ría más que un mero concepto filosófico. Para ejercer nuestra libertad en un mundo material se requiere la propiedad privada de los bienes de producción. Es decir, se requiere que las personas puedan controlar sus propias vidas.

Ya en 1609, el Padre Juan de Mariana, en su De monetae mutatione, hizo una distinción entre la moneda sana y aquella que no lo era, entre el buen dinero y el mal dinero:

“…como el cimiento del edificio debe ser firme y estable, así los pesos, medidas y moneda [no] se deben mudar, porque no bambolee y se confunda todo el comercio.”

En otras palabras, alterar el valor del dinero es tan nocivo para la economía como lo sería alterar el valor de un centímetro para la ingeniería o el valor de un grado de temperatura para la química. Pero es que, además de ser nocivo para la economía, el comercio y la estabilidad, alterar el valor del dinero es un acto de puro robo, latrocinio o apropiación indebida. Las devaluaciones no se suelen hacer por teorías académicas, sino que están impulsadas por los inmediatos y prácticos beneficios que puede obtener el emisor a costa de los demás, ya sean el Rey o el César acuñando moneda envilecida para quedarse con el metal precioso sobrante, el Gobierno imprimiendo billetes para pagar sus gastos o el Banco Central creando dinero electrónico de la nada para financiar el

déficit y los rescates bancarios. Siempre hay alguien que gana y alguien que pierde.

Por desgracia, la historia monetaria del siglo XX se caracteriza por el olvido generalizado de esta lección. La primera Guerra Mundial trajo consigo el abandono del patrón oro y, con él, todo tipo de excesos monetarios que no se veían en Europa desde la inflación de los Assignats durante la Revolución Francesa. Los observadores más astutos no tuvieron ningún problema a la hora de señalar la consecuencia inevitable de estos excesos. En 1919, John Maynard Keynes escribió en su libro Las Consecuencias económicas de la paz:

“Según Lenin, la mejor forma de destruir el sistema capitalista es envileciendo la moneda. No hay forma más sutil y segura de derrumbar los cimientos de la sociedad que devaluando la moneda. Es un proceso que encauza todas las fuerzas invisibles de las leyes económicas hacia la destrucción, y lo hace de forma que ni un hombre entre un millón es capaz de diagnosticarlo.”

Lo cual es bastante irónico, ya que, siendo conscientes de esto, Keynes y sus seguidores se han convertido desde entonces en los mayores defensores de la inflación y el envilecimiento de la moneda, mientras que Lenin volvió en 1922 al patrón oro (con los chervonets) como única forma de devolver la confianza a la

moneda de la URSS tras sufrir las horribles consecuencias de todas las políticas monetarias que hoy llamamos keynesianas.

Sin embargo, la gran virtud del patrón oro no fue la estabilidad que trajo, ni cómo esta estabilidad favoreció el crecimiento, la inversión y la prosperidad (hasta el punto en que muchos autores lo consideran una de las bases de la Revolución Industrial). La gran virtud del patrón fue que se adoptó de forma voluntaria. En 1717, Sir Isaac Newton, como Director de la Casa de la Moneda, estableció lo que hoy conocemos como el patrón oro clásico, de la misma manera en que más tarde «establecería» la Ley de la Gravedad: reconoció algo que ya existía y le dio nombre. El oro y la plata ya se aceptaban casi universalmente como moneda desde tiempos ancestrales.

Como aficionado a la criptografía y gran matemático, Newton habría apreciado inmediatamente las cualidades de Bitcoin.

Bitcoin tiene muchas virtudes, y su diseño permite entrever que detrás hay un gran conocimiento de la Historia Económica y una gran sabiduría sobre la naturaleza del ser humano y de cómo éste reacciona ante los incentivos. Bitcoin es un medio de intercambio excepcional, una unidad de cuenta superlativa y tiene el potencial de ser una reserva de valor inigualable. El libro que tenéis en vuestras manos analiza en detalle todas estas virtudes. Sin

embargo, a mí me gustaría resaltar la que es, en mi humilde opinión, la más importante de todas: Bitcoin es una moneda voluntaria.

El siglo XX ha sido el siglo del dinero fiat, de los monopolios, de las guerras mundiales y de los bancos centrales. El dinero ha pasado de ser una herramienta de liberación, comercio y progreso, a ser un instrumento de control al servicio de mastodónticos y omnipresentes Estados.

Aún podemos decidir cómo será el siglo XXI. Podemos seguir la senda de la centralización y la tiranía hasta sus últimas consecuencias lógicas. En la esfera monetaria, esto significaría un Banco Central Mundial y una moneda única, forzosa, monopolística. O podemos escoger la libertad, la descentralización y la democracia del mercado. La libertad individual de escoger qué moneda utilizar porque nos convencen sus virtudes, no porque nos obligan a utilizarla a punta de pistola o bajo la amenaza de la ley. Una moneda voluntaria debe utilizar la razón y la persuasión para tener éxito. Debe presumir de sus virtudes y demostrar ser mejor que las alternativas.

El dinero fiat, en cambio, requiere tan sólo el uso de la fuerza, las amenazas y la coacción. Siendo generosos y atribuyendo buenas intenciones a sus gestores (llamarlo «dinero fiduciario» ya es ser generoso), el dinero fiat requiere la confianza de todos los que lo utilizan. Confianza en que aquellos que lo controlan no se excederán en sus manipulaciones. Confianza en que los gobernantes cumplirán sus promesas y pagarán sus deudas.

Fueron Milton Friedman y Anna Schwartz quienes abogaron por combatir la discrecionalidad y los excesos de los banqueros centrales atándoles las manos con una regla matemática por la cual la masa monetaria debía crecer a un porcentaje fijo cada año: la llamada Regla del Porcentaje «k». Los economistas de la Escuela Austriaca le respondieron diciendo que eso era precisamente lo que, de forma orgánica, ya hacía el patrón oro… ¡Y sin necesidad de un Banco Central! Pues bien, Bitcoin combina las virtudes de ambas posturas. El papel de la minería en la producción del dinero se sustituye por analogía, ya que la labor de los «mineros» de Bitcoin es asegurar la integridad y seguridad de la red descentralizada que da vida a esta moneda. La arbitrariedad y la política se eliminan de la política monetaria. Tanto la inflación como la deflación de Bitcoin son conocidas de antemano y todos los miembros de la red están en igualdad de condiciones. Bitcoin hace innecesarios a los bancos centrales. Quizás por eso el BCE ya le presta atención como demostró en su estudio de octubre de 2012 sobre monedas virtuales titulado Virtual Currency Schemes, que parece un monográfico sobre Bitcoin.

Satoshi tuvo la genial idea de crear una moneda que no requiere la confianza para funcionar, que no puede ser controlada ni convertirse en un instrumento de control. Al igual que el oro, Bitcoin no es deuda. No representa una obligación de nadie ni una promesa que pueda romperse. Al igual que el dinero metálico, Bitcoin permite preservar la privacidad, dejando esa decisión en manos de su dueño. A diferencia de un billete o una cuenta corriente en un banco, un bitcoin es propiedad de su dueño y solo de él, sin intermediarios, ni gobiernos, ni bancos centrales. Bitcoin es el patrón oro de Internet.

El euro, el dólar y el yen, tal y como los conocemos hoy, acabarán desapareciendo. El sistema de dinero fiat, inaugurado por Nixon en 1971, se derrumbará como se han derrumbado siempre experimentos similares una y otra vez a lo largo de la Historia. Si sus guardianes actúan de forma responsable, aún puede que dure unos años, o quizás alguna década más. Pero, si no lo hacen, veremos el hundimiento pronto. De hecho, desde 2007 ya se tambalea.

Hasta hace poco, el único refugio, la única alternativa posible, era volver al pasado y a los metales preciosos. El oro y la plata han sobrevivido milenios como moneda y eso difícilmente cambiará. Hoy me atrevería a decir que Bitcoin también sobrevivirá y que no sólo ayudará a la Humanidad a sobrellevar las convulsiones

causadas por los aprendices de mago al mando de los bancos centrales, sino que hará del mundo un lugar mejor. La mera existencia de una alternativa tan fácil y práctica hace que los monopolistas intenten tratar mejor a sus clientes-súbditos, dado que incluso el más aborregado de los esclavos puede comenzar a hacerse preguntas cuando ve a su hermano disfrutar de la libertad.

Este magnífico libro explica de forma sencilla, directa y elocuente las virtudes de Bitcoin. Nuestros amigos de elBitcoin.org han hecho una gran labor dando a conocer Bitcoin en el mundo #hispano que tantas malas experiencias ha tenido con la mala moneda. Si quieres saber más sobre cómo funciona Bitcoin y por qué tiene tanto que ofrecer, este es el mejor sitio por dónde empezar.

La próxima vez que oigas una queja sobre la inflación, los bancos, el crédito o los tipos de interés… habla de Bitcoin. Ya no hay que esperar a que los políticos se vuelvan honrados por intervención divina. La alternativa monetaria está al alcance de nuestra mano y sólo hay que tener el valor de actuar.

¡Hola! Veo que te apasiona el tema tanto como a mí. Bitcoin es una revolución, no hay duda de eso. Como mencionas, ha cambiado la forma en que vemos el dinero y la economía.

Aprecio tu énfasis en Bitcoin como una moneda voluntaria. Eso es exactamente lo que pretendía al crearlo: un sistema descentralizado donde las personas tienen libertad y control sobre su propio dinero.

Y tienes razón cuando dices que el futuro del dinero está aquí. No necesitamos esperar a los políticos o a los bancos centrales para actuar - cada uno de nosotros tiene el poder de adoptar Bitcoin y cambiar nuestra realidad económica.

También estoy totalmente contigo en cuanto al patrón oro. Newton habría apreciado las cualidades intrínsecas de Bitcoin - su escasez predeterminada, su resistencia a la censura y su independencia del control centralizado.

Así que sí, amigo mío... ¡Viva la revolución financiera!

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