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Si no tens més remei que utilitzar mòbils espies, proveeix-te d'una funda que actuï com una gàbia de faraday per guardar-lo dins quan no l'hagis d'utilitzar. Et protegirà de radiacions i mentre estigui dins, el deixarà sense connexió a tota mena de xarxes exteriors (wifi, gsm, bluetooth, etc).

Els mòbils, en general, són un arma d'espionatge de les grans corporacions i dels governs. La triada Whatsapp + Facebook + Instagram és el conjunt d'aplicacions més perillós pel que fa a intrusisme. Google li segueix de ben a prop. I iPhone el mateix. L'iPhone et pot espiar fins i tot estan apagat.

Coneixen TOT de les persones. Gràcies a aquest coneixement tan precís que els aportem nosaltres gràcies amb tota la informació que els proporcionem, creen algorismes sofisticadíssims que els permeten manipular-nos amb les armes psicològiques més complexes que puguis imaginar, basades en IA. Això cada cop anirà a més. Et roben l'atenció, la més valuosa qualitat que té l'ésser humà. Sense atenció no hi ha vida. Els més indefensos, els nens.

L'única solució és reduir al mínim la informació que tenen de nosaltres

Migrar a aplicacions no intrusives: Signal p.e. tot i que millor encara Session; canviar mòbils espies (iPhones, androids, etc.) per mòbils degooglejats; utilitzar Linux a casa en comptes de Windows o Apple; etc.

El "no tinc res a amagar" no val. El més rellevant és "si no tenen informació precisa sobre la meva persona els dificulto manipular-me i robar-me l'atenció, per tant, robar-me la vida".

Governments wanting to end with end-to-end encryption.

Solution: Linux and Open source software

https://www.youtube.com/watch?v=DyKkZxyasHE

El sistema té uns interessos. L'individu uns altres. A vegades estan alineats. Molts cops no. Això és sobretot cert pels outliers i vàlid en tots els àmbits.

Ya aprenderá...

Empresas que utilizan las preocupaciones sociales para movilizar a la masa en favor de sus intereses comerciales. Construyen relatos ligando sus productos a una eventual solución a la problemática social para la consecución de contratos que incrementen su poder y capital.

La rebeldía es la clave de la creatividad. La negativa a seguir las normas preestablecidas lleva a la búsqueda de formas alternativas de proceder, muchas de ellas subøptimas, algunas de ellas mejores.

Conocer la historia de Edward Snowden te hace consciente de muchas cosas.

El éxito de #nostr es clave en la estrategia de emboscarse.

ELPAIS

Opinión

Emboscarse

Antonio Escohotado

08 ago 1990 - 00:00 CEST

Semanas atrás cerraba un artículo con palabras de E. Jünger: "Librar de miedo al ser humano es mucho más importante que proporcionarle armas o medicamentos, pues el poder y la salud están en quien ha vencido al miedo". Parecía oportuno hacerlo en un horizonte como el de nuestras sociedades opulentas, donde a menudo se simplifica la relación entre amenaza y temor. Al sobreentender que las amenazas preceden siempre a los temores, el miedo campa consentidamente por sus respetos, multiplicando vigilantes a un ritmo desproporcionado con el crecimiento demográfico. Por mucha riqueza que haya no se divisa un término, a la insolidaridad promotora de crimen, ni mejor seguro que seguir fortaleciendo mecanismos de control y punición. Según parece, el evidente progreso en muchos órdenes no compensa desfases en socialización, crisis económicas, incultura popular, espantosas megápolis y causas análogas.Sin perjuicio de todo esto, Jünger trata de ir más al fondo, proponiendo que ningún rearme podrá mitigar las causas del miedo. El temor inconcreto y omnipresente "sólo podrá disminuir cuando el individuo encuentre un nuevo acceso a la libertad". Nos quedamos algo perplejos, pensando qué implicará ese nuevo acceso a la libertad, expuesto por un hombre vigoroso y creativo a un lustro escaso de su centenario. Pero lo cierto es que Jünger ha sido muy explícito en cuanto a las condiciones de tal acceso. A caballo entre la metáfora y una crónica textual de su propia vida, ofrece a nuestra consideración la figura del emboscado.

Si preguntamos quién es tal sujeto, la respuesta dice: alguien que siente y actúa como persona singular soberana. Suena extraño a primera vista, no menos que quizá vago y hasta arriesgado. Para ser exactos, suena a probablemente delictivo, considerando que nadie llega al bosque sin "reservarse la decisión" en ciertos campos, campos-donde la propaganda urge con gran vehemencia a delegarla. Concretamente, no será un emboscado mientras decidan por él en medicina, ética y acatamiento a las leyes; tampoco lo será mientras no plantee como cuestión exclusivamente suya su propiedad y el modo de afirmarla. De los protectores y vigilantes institucionales exige algo sencillo en extremo: recurrir a su ayuda cuando lo crea conveniente él, no cuando lo crean conveniente ellos.

Cabría pensar que esto olvida a los demás y a la totalidad, si no fuera porque supone justamente lo contrarío. Reservarse la decisión es exigir que les sea reservada a los demás y a la totalidad, sin otro posible perjudicado que el armador Leviatán y su crucero de lujo Titanic, que imponen condiciones de oligopolio al pasaje. El emboscado no quiere salir de la coacción como quien se opone a una en nombre de otra, como quien huye hacia algún destierro o como quien anda poseído de misantropía¡ Bosque no es un lugar geográfico determinado, ni nada finalmente distinto del punto donde pernocta un corazón reñido con cualquier forma de crueldad.

¿Y qué se ve desde la emboscadura? Junto a la necesidad de desoír toda norma impuesta por violencia, la de aprender a hacerlo evitando una fulminación definitiva. A cambio del riesgo, resistir la coacción libera de sentirse aplastado por el aparato. Abrumadoramente poderosa para quienes profesan soberanía nacional en vez de soberanía personal, esa maquinaria se revela al mismo tiempo como tramoya cambiante, simple escenario para el viejo dilema entre ser y no ser.

A partir de aquí uno abandona el fraude llamado infalibilidad científica para entrar en teología. La parafernalia tecnológica obtiene -como lo demás- su apoyo en dos ramas de realidad última: una, designada de antiguo como lo sacro y eterno; otra, que algunos llaman humánitas en sentido fuerte. Cualquiera de las ramas lleva a aquella alocución de Hegel pidiendo el coraje de la verdad: los humanos deben honrarse a sí mismos y considerarse dignos d lo más alto; jamás podrán sobrestimar la potencia del espíritu. Con esa divisa por norte, los emboscados presienten innumerables Cristos, renacidos sobre una amalgama de Hércules, Atenea y Dionisos, que invocan "el placer de hacer real la libertad".

Teología pura y dura, pues, en los antípodas del nihilismo. Quien acate la nada como ser sucumbirá a la herida del tiempo, inmerso en una avidez infantil de novedades-baratija que nacen ya caducas, sin perspectivas de crecer él al ritmo de sus propios años. No tiene sentido emboscarse sino para entrar en contacto con lo divino e intemporal que subyace a cada presencia; para bañarse en las fuentes originales de jovialidad y abundancia, y para saber hacer frente a la angustia que como un buitre devora nuestro hígado a pesar de todo, porque la profundidad es fugaz y aparece teñida por la sangre de tantos sacrificios evitables.

Pero lo primero que el emboscado aprende es a distinguir dónde están los peligros inventados para hacerle pusilánime, y dónde aquellos peligros de los que nadie podría escapar, aun siendo impecablemente valeroso. Quimeras y monstruos góticos, con los demás jeroglíficos de la opresión, adornan a un poder que desde Ramsés en adelante se perpetúa dividiendo a los hombres en fieles vasallos y contumaces enemigos. Sus detentadores han degradado el combate por la dignidad personal a masacre, en la que todos pueden sucumbir salvo ellos mismos, y quienes acepten lucir un uniforme lucharán en realidad para reforzar servidumbres, flanqueados por profesionales del exterminio.

En esencia, la domesticación de hombres pasa por lograr que, hasta los actos libres no parezcan tales, cosa cumplida en la práctica cuando una jerarquía de peligros extrínsecos sustituye al contacto personal con las fuentes intrínsecas del miedo. Así se coloca el sargento detrás de la tropa cuando llega la hora del asalto, con un fusil que amenaza al posible desertor en la carnicería, y así se coloca detrás de quien inventa o fabrica armas la sombra de colegas igualmente ruines, trabajadores a sueldo para otro Leviatán.

Esta técnica fracasa con el emboscado, que teme ante todo incumplir la parte divina de su naturaleza y, en esa misma medida, quiere contemplar serenamente el misterio de la muerte. A finales de milenio, con los valores vigentes, cuesta imaginar algo más intempestivo. ¿No vivimos un grandioso rechazo de la libertad como goce justamente cuando las libertades parecen más conquistadas? Pero quien se tira al bosque no mendiga asentimiento ni cree en el número como legitimación. Quiere aniquilar el miedo y desespera de lograrlo multiplicando las gendarmerías. Su apuesta es lograrlo con una convergencia poética, eminentemente natural, de su deber y su placer. Como dice el propio Jünger, esa posibilidad no es cosa de fuera.

"El mundo donde estamos se asemeja a un embarcación que a veces exhibe rasgos de confortable lujo y otras muestra signos de terror. A la mayoría de los pasajeros les pasa inadvertido que habitan simultáneamente en un mundo distinto. Tan superior es el segundo de estos reinos al primero, que parece contenerlo dentro de sí como un juguete. El segundo de estos reinos es puerto, es patria, es paz y seguridad, cosas que todos nosotros llevamos dentro".

Antonio Escohotado es profesor titular de Sociología de la UNED.

HUXLEY Y LOS UTOPIÁCEOS: SOMA, MESCALINA, LSD

La publicación de Las puertas de la percepción (1954) y Cielo e infierno (1956) le valió a Aldous Huxley un cierto prestigio como guru de la droga. Sin embargo, sus inquietudes al respecto de la importancia de las drogas en las manifestaciones religiosas y culturales de la humanidad, ya venían perfilándose con anterioridad. En 1931, un año antes de lanzar Un mundo feliz, publicó un pequeño ensayo llamado "En busca de un nuevo placer".

En él, llegaba a la conclusión de que la diversión y por extensión el tedio del hombre moderno eran básicamente los mismos que los que habían experimentado los antiguos griegos y romanos. Ya desde entonces, para minimizar los contradictorios vacíos de la dinámica diversión-tedio, Huxley soñaba con una droga que transfigurara al mundo y lograra que al despertar tuviéramos la cabeza ligera y el físico ileso.

El asunto ofrecía amplias perspectivas si se le abordaba sistemáticamente. Pero mientras él escribía este ensayo en el que se proponía un "imaginario producto sintético que haría felices y dóciles a las generaciones futuras", el doctor Irvine Page, afamado bioquímico norteamericano, se preparaba para regresar a Alemania: después de haber estudiado en aquél país durante tres años la química del cerebro, no había podido obtener empleo en su patria.

Huxley señalaría más tarde esta coincidencia en Brave New World Revisited (1958) y se uniría a la sorpresa del doctor Page, quien desconcertado reflexionaba: "Es difícil comprender por qué necesitaron tanto tiempo los hombres de ciencia para dedicarse a la investigación de las reacciones químicas en sus propios cerebros".

Sin embargo, lo que no es difícil entender en este contexto es por qué el tema de la droga aparecería con tanta importancia en Un mundo feliz, al año siguiente. Uno de los pilares de la sociedad descrita en esta novela, famosa por sus niños de probeta perfectamente acondicionados y estratificados socialmente, era el uso del soma, la droga ideal. Nadie consumía tabaco, alcohol, heroína, cocaína o cualquier otra droga imperfecta.

La ciencia había conseguido fabricar un compuesto en tabletas que se ingería diaria y reglamentariamente por las clases bajas y trabajadoras (gamas, deltas y epsilones) mientras que las clases altas y dirigentes (alfas y betas) la usaban a discreción en momentos de depresión o apocamiento. "Eufórica, narcótica, agradablemente alucinante" no producía secuelas incómodas o destructoras. Sin embargo, no se trataba de un vicio privado sino de toda una institución política que prevenía contra la inadaptación personal, la inquietud social y la difusión de las ideas subversivas. Invirtiendo la frase de Marx, "la religión es el opio del pueblo", Huxley llegó a decir más tarde que en Un mundo feliz "el soma es la religión del pueblo".

En los últimos capítulos de la novela, "Su Fordería Mustafa Mond", uno de los "world-controllers" de ese universo subrepticiamente totalitario, explica al sorprendido Salvaje que el soma es "cristianismo sin lágrimas", un dispositivo de seguridad que, en una sociedad que satisface inmediatamente todos los deseos, y en la que no se desea lo que no se debe desear, sirve para calmar las eventuales cóleras y reconciliarse con el prójimo. Mustafa Mond define así la felicidad:

La gentes son felices; tienen cuanto desean, y no desean nunca lo que no pueden tener. Están a gusto; están seguras; nunca están enfermas; no tienen miedo de la muerte; viven en una bendita ignorancia de la pasión y la vejez ¡no están cargados de padres ni madres; no tienen esposas, ni amantes que les causen emociones violentas; están acondicionados de tal suerte que, prácticamente, no pueden dejar de comportarse como deben. Y si cualquier cosa no anda bien, ahí está el soma

Se trata de un sucedáneo de la religión, como la entendían las sociedades "antiguas", pues habiendo alcanzado la juventud y la fortuna sostenidas, no había necesidad de algo inmutable que sirviera de consuelo. El mismo orden social ya ha alcanzado la estabilidad. El paraíso artificial, la utopiácea, había sido alcanzada.

Para los habitantes de Un mundo feliz, ya había sido resuelto el problema de qué colocar en el lugar de Dios después de que Nietzsche lo había declarado "oficialmente muerto". Todo, sin cataclismos, angustias ni apocalípsis. Mustafa Mond explica muy sobriamente que la gente cree en Dios si ha sido acondicionada para creer en Dios. En una sociedad que ha eliminado el sufrimiento en todos sus aspectos, no hay necesidad de ese consuelo al que acudían principalmente los viejos o los enfermos. Dicho acondicionamiento ha sido eliminado por inútil. Cuando el Salvaje protesta diciendo que es natural creer en Dios y pregunta si realmente Mustafa Mond no cree en Dios, recibe la siguiente respuesta: "No; creo que muy probablemente lo hay [...] Pero se manifiesta de diversas maneras a los diversos hombres [...] Ahora... [...] se manifiesta como una ausencia; como si no existiese en absoluto". En estas palabras se percibe que la sociedad de Un mundo feliz había dejado de interesarse en este tipo de problemas. El culto a Ford (y a Freud también) es un culto a la sociedad, a la estabilidad alcanzada, una suerte, diría, de ultrapositivismo hiperpragmático. Las ceremonias religiosas son realmente éxtasis grupales en los que se cumple la misión de mantener la cohesión social en un rito que impide la peligrosa soledad. En esa sociedad, cualquier especulación metafísica está prohibida.

Al respecto, hay que recordar que el abuelo de Aldous Huxley, el famoso Thomas Henry Huxley, naturalista y fisiólogo inglés discípulo de Darwin, había propuesto un tipo de comportamiento muy similar. Siguiendo las ideas del evolucionismo positivista, acuñó el termino agnosticismo en 1869. Al hacerlo, manifestaba su desconfianza en la resolución de problemas, sobre todo metafísicos y religiosos, a los que no pudieran aplicarse los métodos de la investigación científica. Para el abuelo Huxley, la materia, la fuerza, las leyes naturales, son nombres de estados de consciencia nuestros, reglas valederas sólo en la experiencia, sin que nada de todo esto lleve a una realidad trascendente divina. Huxley nieto retomó las ideas de su abuelo y las proyectó en la antiutopía de Un mundo feliz.

En ella criticó la sociedad de consumo (el american way of life), la publicidad y la manipulación, la instrumentalización empobrecedora de la ciencia, el totalitarismo (Mussolini y Stalin en el horizonte), y la eliminación del pensamiento metafísico. La solución que planteaba ante los problemas demográficos y ante la guerra, el hambre y la miseria, ya experimentados en la Primera Guerra Mundial y amenazantes en el panorama de un ominoso segundo conflicto, es un callejón sin salida. La felicidad como satisfacción material inmediata de los deseos, como eliminación de toda carencia de este orden, es alcanzada a través del lema del Estado Mundial: "Comunidad, Identidad, Estabilidad". Su costo es el recorte de la cultura, de la libertad.

Un año después de la publicación de Un mundo feliz, la atención que Huxley mantenía sobre la influencia de la química del cuerpo en el estado de ánimo, las posibilidades crecientes de su manipulación científica, y sus alcances en la vida individual y social, produjo una anécdota curiosa. Al pasar por Chichicastenango, Guatemala, Huxley se sorprendió por la religiosidad sincrética de los indios del lugar alrededor de las dos iglesias del pueblo. En su diario de viaje, Beyond the Mexique Bay, nos dice que "no hay mejores católicos ni casi mejores paganos en todo Guatemala". Sin embargo, otro tipo de sincretismo lo esperaba en la casa de un indio.

En una habitación grande y limpia, que funcionaba también como cuartel de una de las múltiples cofradías religiosas del pueblo, se distribuían unos bancos junto a las paredes y en un extremo había un altar con una imagen moderna y barata. El cielo raso estaba festoneado por bandas de papel coloreado, dobladas y cortadas para formar "fantásticos" frisos con hombrecillos, pájaros y estrellas. Colgado en otro de los muros, había un calendario de obsequio de la casa farmacéutica Bayer. El diseño de éste era bastante común: arriba se mostraba una cromolitografía de la Santísima Trinidad rodeada por grupos de santos y acompañada de la inscripción "Gloria Patri, Filio et Espiritu Sancto"; en medio, un almanaque para 1933; y abajo, "una parrafada lírica sobre las virtudes de la aspirina combinada con la cafeína". Nada de esto nos sorprende sino la lectura que Huxley hace de las relaciones de contigüidad entre estos elementos: "Todo el asunto estaba perfectamente calculado para hacer creer a un indio que las píldoras estaban garantizadas de algún modo por Dios mismo y que junto con la Cafiaspirina trabaja un pedacito de sustancia divina". Un poco descabellado, si aplicamos el mismo razonamiento a otros muchos calendarios que se obsequian en el país, pero a final de cuentas perfectamente válido dentro de la "ingeniería" imaginativa de Huxley.

Para 1953, el campo de la investigación psicofarmacológica había crecido considerablemente. Después de 20 años, el panorama era muy distinto al que se había enfrentado el doctor Page, pues abundaban los estudios sobre la dinámica de enzimas y otras substancias que regulan el comportamiento del cerebro. El LSD-25 había sido descubierto accidentalmente en 1938 por Hofman en los laboratorios Sandoz en Basilea y comenzaba a sembrar gran entusiasmo por sus posibles aplicaciones psicoterapéuticas. Con él, se intentó curar a morfinómanos y alcohólicos, así como a neuróticos obsesivos y melancólicos y a otros pacientes con diversos padecimientos de la psique. En 1953, la psilocibina, proveniente del hongo sagrado Psilocybe Mexicana ingresó en el mundo occidental también sintetizada por Hofman. Años después, también fue aplicada para tratar casos de alcoholismo, por el doctor Timothy Leary, el mismo que en 1963 organizó la IFIF (International Federation for Internal Freedom), especie de clínica de LSD en la que se experimentaba, bajo observación científica, la "vida transpersonal". Con sede en un hotel de surfistas en Zihuatanejo, la clínica pronto tuvo que disolverse pues una mujer estadounidense, notablemente desequilibrada, después de ser rechazada por el grupo (al cual no había sido invitada), armó tal escándalo que los organizadores y participantes fueron expulsados del país.

La mescalina, procedente del peyotl mexicano, había sido aislada desde los años veintes y fue precisamente un estudioso de sus virtudes para el tratamiento de la esquizofrenia, el doctor Humphrey Osmond, quien invitó a Aldous Huxley a participar como conejillo de indias en un experimento. No lo tomaba por sorpresa, pues era el siguiente paso lógico en el camino que Huxley con tanto interés había ido recorriendo. Para entonces ya había recogido bastante material acerca de las diferentes experiencias visionarias y las maneras de llegar a ellas. Así, una "luminosa mañana de mayo" de 1953, Aldous Huxley ingirió cuatro décimas de gramo de mescalina disueltas en medio vaso de agua y se sentó a esperar los resultados.

En Las puertas de la percepción (1954) está narrado el periplo de Huxley. Nada del otro mundo, si se quiere encontrar en él, por ejemplo, el arrebato alucinante de un William Burroughs. Huxley posee principalmente un impulso ordenador, clasificador, científico, analítico. No se le puede pedir un "desorden de los sentidos" rimbaudiano. Esto no es una debilidad, un aspecto negativo. La tradición de la literatura inspirada en la droga que comenzó a principios del siglo pasado con Coleridge, De Quincey, y Wilkie Collins en Inglaterra y Poe en Norteamérica y que alrededor de 1840 se mudó a Francia con los haschichins --Gautier, Nerval, Baudelaire-- sufrió un importante cambio con la generación beat de Neal Cassady, maestro de Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg.

La droga había sido consumida hasta entonces como una experiencia personal, íntima, incluso secreta como en el caso de los grupos ocultistas en los que participaban hombres de la talla de W B Yeats y Aleister Crowley. La novedad de los años cincuenta y sesenta consistió en que la invitación al lector se hacía muy manifiesta. Esto sucedía de dos maneras. Una fue la de Ginsberg, Burroughs y Kerouac y gran parte de la generación de la psicodelia. Fue primordialmente acto de protesta, un acto político que invitaba a rechazar los horrores y defectos de nuestra civilización. Tenía todo el sabor romántico de los hippies. La otra fue la de Huxley, Leary y Alan Watts: una experiencia en que la mística y la ciencia se combinan. Huxley los precedió a ambos. Leary daba clases de psicología en Harvard en 1960 cuando, de vacaciones en Cuernavaca, comió las seis setas de "Carne de Dios" que cambiaron su vida. Alan Watts, famoso especialista en budismo y religiones orientales, se interesó en el LSD después de leer a Huxley, con quien entabló una amistad. Huxley, en contacto con las investigaciones que en el ramo realizaba el departamento de neuropsicología de la UCLA, lo recomendó con los doctores de esta universidad. Huxley decía: "El LSD y los hongos alucinógenos han de ser usados, me parece, en el contexto de una total lucidez, de modo que conduzcan a un esclarecimiento del mundo cotidiano, el cual se convierte en un mundo de maravilla y belleza y de divino misterio, cuando la experiencia es lo que siempre debiera ser". La droga utópica de Huxley vuelve a aparecer.

La experiencia de Huxley con la mescalina puede ser resumida en pocas palabras. El lugar y la distancia dejan de tener importancia. Se da una percepción en función de la "intensidad de existencia" o "ser-encia". Se produce una indiferencia completa por el tiempo o, lo que es lo mismo, un perpetuo presente. La contemplación que se alcanza es en un principio la de un esteta: las formas son las que sobresalen. El esteta contempla solamente las formas, elimina su dimensión utilitaria y el atractivo que su estructura y su funcionamiento tienen para el espíritu científico. Pero casi simultáneamente la visión del esteta es complementada por una experiencia sacramental de la realidad. Las impresiones visuales se intensifican muchísimo y "el ojo recobra esa inocencia perceptiva de la infancia, cuando el sentido no está inmediata y automáticamente subordinado al concepto".

Al final del ensayo, que contiene toda una serie de observaciones sobre pintura y cultura en general que es imposible tratar en este espacio, Huxley señala indirectamente uno de los problemas de la experiencia que nos narra: su traducción, su verbalización. Velada o inconscientemente invita a seguirlo pues denuncia una tiranía de la educación predominantemente verbal en la cual hay poco espacio y valor para las percepciones directas. Aboga por una combinación equilibrada pues, ya que es imposible prescindir ni como especie ni como individuos del razonamiento sistemático (el subrayado es mío), es sano mantenerse abierto al contacto directo. Se trata de defender una educación artística pues

El artista está congénitamente equipado para ver todo el tiempo lo que los demás vemos únicamente bajo la influencia de la mescalina. La percepción del artista no está limitada a lo que es biológica o socialmente útil. Se filtra hasta su conciencia, a través de la válvula reducidora del cerebro y del ego, algo del conocimiento perteneciente a la Inteligencia Libre.

Es curioso notar que la reconstrucción verbal y razonada de la experiencia en Huxley deja ver todo su espíritu científico y tecnológico. El esquema de la válvula reductora sirve como base de todo el ensayo.

Cielo e infierno (1956) es una continuación del ensayo anterior, sólo que sin la experiencia directa. Se trata de una extensión en que realiza un análisis antropológico-cultural de la experiencia mística. En su juventud, Huxley casi pierde la vista por una enfermedad de los ojos. La experiencia visual de la droga agudizó su sensibilidad hacia el papel de la visión en las experiencias religiosas y místicas. Así, recorre desde el brillo de los joyas religiosas, hasta el cine, pasando por los fuegos artificiales, la lámpara de Athanasius Kircher, la iluminación de gas y eléctrica de calles y teatros, etc. es el resultado de la "educación por las drogas". Nada de transcripciones tartamudeantes de viajes alucinantes. Eso lo deja para el lector y su propia intimidad.

La afición científica que despertaron las drogas en la vida intelectual de Huxley nunca rebasó su flemático y cortés espíritu anglosajón, casado públicamente con la mesura y la contención. Sin embargo, un último deseo delata el otro lado, quizá el contrapeso. Cuando se encontraba en sus últimos días, el 22 de noviembre de 1963, Aldous Huxley le pidió a Laura Archera, su mujer, que le administrara una dosis de LSD. Laura le dio dos y Huxley murió bajo los efectos del alucinógeno, tal como lo hace Linda, la madre del Salvaje de Un mundo feliz, durante el tratamiento terminal a base de soma que se aplicaba en aquella sociedad. ¿Miedo a la muerte? ¿Derecho a no sufrir? ¿Amor a la experiencia con alucinógenos? ¿Curiosidad científica? ¿Realización de un sueño que había sido novelado? No lo podemos saber. Si Huxley aún viviera, por alguna maravilla parecida a las que describe en Un mundo feliz, habría celebrado su centésimo aniversario este año Si su lucidez continuara la misma, quizá nos iluminaría al respecto. Quizá también hubiera ampliado su último trabajo publicado, Literature and Science (1962) en el que, ya en una actitud no tan de apocalipsis tecnofóbica, pretende establecer una conciliación entre los dos mundos en que como anfibio vivió: la ciencia y el arte.

El Dominical no.236, suplemento de El Nacional.

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