Aquí no necesitan balas para matarte. Te eliminan despacio, con depresión inducida, sembrándote dudas, vaciándote el alma. Te aíslan, te silencian, te quiebran por dentro. Matan el cerebro antes que el cuerpo. Es un crimen sin sangre, pero con víctimas por miles. Y lo peor: lo hacen sonriendo, deseándote bendiciones.

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