2025, el año en que dejé de correr.
No fue un año de entender más, sino de pelear menos

No fue un año de grandes gestos.
No fue el año en que todo encajó, ni el año en que desaparecieron las dudas. Tampoco fue el año de las respuestas definitivas. Y, sin embargo, algo cambió. No de forma visible. No de forma espectacular. Cambió por dentro.
Durante mucho tiempo pensé que estaba intentando ganar más, optimizar mejor, llegar antes, tomar mejores decisiones. En realidad, estaba intentando algo más difícil de nombrar: que mi tiempo dejara de evaporarse.
2025 no fue el año en que entendí más cosas. Fue el año en que dejé de pelear con lo que ya había entendido.
Al principio, todo parece urgente. Cada decisión pesa. Cada error se amplifica. Sientes que si no actúas ahora, si no explicas bien, si no convences, si no acumulas lo suficiente, te quedarás atrás. No solo frente al sistema, también frente a otros, incluso frente a ti mismo. Esa urgencia no siempre nace del miedo al futuro. A veces nace del miedo a no haber llegado aún al lugar correcto.
Después llega la fricción. Discutes más de lo que te gustaría. Te justificas más de lo que reconoces. Comparas trayectorias, estrategias, ritmos. No solo con quienes no entienden Bitcoin, también con quienes supuestamente sí. El desgaste no viene tanto de dudar, como de intentar sostener demasiadas certezas a la vez.
Y un día, sin aviso, algo se asienta.
No porque ya no haya preguntas, sino porque dejan de empujarte. No porque todo esté claro, sino porque lo esencial ya no se mueve. Descubres que no necesitas explicarte tanto. Que no hace falta ganar cada conversación. Que algunas decisiones no requieren aplauso ni validación externa para ser correctas.
Ahí es donde el tiempo empieza a cambiar de textura.
Deja de ser una carrera y se convierte en un espacio. Deja de sentirse como algo que se escapa y empieza a sentirse como algo que habitas. No es que tengas más tiempo. Es que dejas de vivirlo como una pérdida constante.
Bitcoin no te da calma por prometerte un futuro mejor. Te la da cuando deja de exigirte que corras hacia él. Cuando entiendes que no todo avance es visible, que no toda convicción necesita ser explicada, que no todo crecimiento tiene que notarse desde fuera.
Este año no me dio certezas absolutas. Me dio algo más raro y más valioso: coherencia. La tranquilidad de no estar traicionándome en cada decisión pequeña. La sensación de que, incluso en medio de la duda, hay un suelo firme bajo los pies.
Por eso ya no discuto como antes. No porque crea que todos tengan razón, sino porque ya no necesito imponer la mía. No porque me haya rendido, sino porque entendí que hay batallas que solo existen mientras les das energía.
Cerrar el año así no se siente como una victoria. Se siente como un asentamiento. Como cuando algo pesado, después de moverse durante mucho tiempo, encuentra su lugar y deja de hacer ruido.
No voy a prometer nada para el año que viene. No voy a desear prosperidad ni éxito ni grandes metas. Solo dejar constancia de algo que, quizá, también le esté ocurriendo a otros aunque todavía no sepan ponerle nombre:
No todo cambio acelera. Algunos, los importantes, te permiten por fin dejar de correr.