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full text EL PAÍS

Así nace una dictadura

Bukele ha mantenido un altísimo apoyo popular en El

Salvador. Pero el presidente se está preparando para cuando

el pueblo se canse: ha aumentado el número de efectivos de

las Fuerzas Armadas y ha prometido duplicarlo en cinco

años

El presidente salvadoreño, Nayib

Bukele, y su esposa, Gabriela Rodríguez, la noche del domingo en el balcón presidencial.BIENVENIDO

VELASCO (EFE)

CARLOS DADA

05 FEB 2024 - 22:30 CST

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Suele decir mi padre que una democracia es certeza en las reglas e incertidumbre en los resultados.

Si algo había en El Salvador el domingo, antes de que se procesaran los votos de los

salvadoreños, era certidumbre en los resultados, tras una serie de violaciones a la Constitución, las

leyes y las reglas electorales al antojo del presidente. Antes siquiera de que las mesas de votación

hubieran contado los votos, Nayib Bukele se declaró reelecto y se convirtió en el primer presidente

en ocho décadas en proclamar su triunfo para un segundo periodo.

La reelección en El Salvador está claramente prohibida por seis artículos de la Constitución. Pero ya

no queda institución capaz de imponer a Bukele sanciones ni límites a su ejercicio del poder.

Controla los tres poderes del Estado, el circuito de jueces, la fiscalía, la policía, el Ejército y el

Tribunal Supremo Electoral. Los salvadoreños hemos perdido nuestros derechos constitucionales

y el país ha vivido una elección bajo estado de excepción. La semana pasada, el vicepresidente, Félix

Ulloa, le dijo al New York Times: “No estamos desmantelando la democracia. La estamos eliminando,

sustituyendo con algo nuevo”. Nuevo no es. Asistimos en vivo al nacimiento de una dictadura.

A la espera de resultados, parece que la mayoría de quienes votaron optó por enterrar la

democracia, que es lo que ofrece el presidente, argumentando que los límites al poder eran un

obstáculo para lograr lo que ninguno de los anteriores gobiernos fue capaz de cumplirles:

desarticular a las pandillas que mantenían aterrorizada a la población. Es un hecho

verdaderamente transformador para la mayoría de los ciudadanos. Cuando se ha vivido con una

pistola en la cabeza, la seguridad está por encima de constituciones y leyes y democracias. La

mayoría de quienes votaron ha decidido ceder sus derechos y entregarle todo el poder a una sola

persona, a cambio de seguridad.

Es un experimento peligroso el de Bukele, que en dos años ha encarcelado a más de 70.000

personas mediante un régimen de excepción que permite a agentes policiales y soldados encarcelar

a cualquiera que les parezca sospechoso de pertenecer a pandillas. Las organizaciones de derechos

humanos calculan que apenas la tercera parte tiene vínculos con pandillas y han determinado que

en las prisiones salvadoreñas se ejerce sistemáticamente la tortura. Cientos de personas han

muerto ya. El Salvador tiene hoy la tasa de reos más alta del mundo.

La Policía exige a sus agentes cuotas de detenidos por día para llenar las cárceles del presidente

Bukele. Pasa lo que siempre pasa: jóvenes detenidos porque un agente les vio “nerviosos”; vecinos

denunciando a vecinos de vínculos con pandillas; taxistas acusando a su competencia para librarse

de ella; hombres detenidos por competir con aquel policía por el amor de una mujer. Así se llenan

las cuotas. Agentes policiales extorsionando a inocentes para no llevárselos.

En El Salvador, todo detenido es culpable hasta que demuestre lo contrario; y es casi imposible

demostrarlo. Son juzgados en audiencias sumarias por jueces anónimos, junto a otros cientos de

detenidos. Cien culpables o cien inocentes. El vicepresidente Ulloa, que es abogado, dijo que esa era

la única manera, porque su gobierno ha metido a la cárcel a tanta gente que necesitarían cien años

para juzgarlos individualmente. “Es un proceso justo porque es legal. Antes eran juicios

individuales pero cambiamos la ley”.

No gozaban los cuerpos de seguridad de tanta impunidad desde los años de nuestra guerra civil, en

los que elementos del Ejército, la policía y paramilitares (los Escuadrones de la Muerte) detenían,

torturaban y desaparecían a miles de personas sin temer castigo.

La gran especialidad de Bukele no es la seguridad sino la propaganda. Cuenta con un grupo de

asesores venezolanos provenientes de los equipos de Juan Guaidó y Leopoldo López, expertos en

que la mano derecha haga creer que ya no existe lo que la izquierda oculta. Bukele advirtió el

hartazgo de la gente con los políticos y se montó en el discurso del combate a la corrupción. Ganó la

presidencia en 2019 y fustigó a la oposición hasta deslegitimarla con el aplauso de los salvadoreños.

Dos años después logró mayoría en las legislativas.

La pandemia y sus decretos de emergencia le permitieron suspende derechos ciudadanos, ocultar

información sobre contratos y compras y su Gobierno inició un sistemático saqueo del Estado que

el periodismo ha venido documentando desde entonces y que hace parecer a sus antecesores unos

novatos en corrupción.

En secreto pactó con las pandillas a quienes hizo concesiones inéditas, como liberar a algunos

líderes solicitados en extradición por Estados Unidos a cambio de reducir las tasas de homicidios

que necesitaba políticamente para presumir la efectividad de sus supuestos planes de seguridad.

En mayo de 2021 dio un golpe al poder judicial. Destituyó a los magistrados del Tribunal

Constitucional y al Fiscal, y saltándose todos los procedimientos establecidos en la Constitución ese

mismo día nombró a nuevos magistrados y a un fiscal a su medida. Allí comenzó en la práctica su

dictadura. Al caer la noche, controlaba ya los tres poderes del Estado. Todo. A nadie sorprendió

después que los inconstitucionales magistrados del Constitucional resolvieran a favor de la

reelección.

Después se rompió el pacto de Bukele con las pandillas y vino el régimen de excepción, los arrestos

masivos y los encarcelamientos. Pero los habitantes de las comunidades que antes controlaban las

pandillas viven hoy una tranquilidad que no conocían, sin tener que pagar extorsiones ni temer que

su familia sea víctima de la crueldad de estas organizaciones criminales. Y esta es la principal causa

de su reelección.

El llamado modelo Bukele, cuyos únicos componentes son la acumulación de poder, la propaganda

y la represión ejercida desde el atropello al Estado de derecho y a los derechos humanos, ha sido

suficiente para mantener un altísimo apoyo popular. Pero, lecciones de la historia, este apoyo no es

para siempre.

Bukele se está preparando para cuando el pueblo se canse: ha aumentado el número de efectivos de

las Fuerzas Armadas y ha prometido duplicarlo en cinco años.

Hay un punto de no retorno en todo proyecto autoritario o dictatorial. Es ese que divide el deseo de

permanecer en el poder de la imposibilidad de dejarlo, porque tendría consecuencias nefastas para

él y su familia.

Las evidencias del pacto de Bukele con el crimen organizado se acumulan en un tribunal en Nueva

York, donde son procesados líderes de pandillas que debían estar pagando penas de cárcel en El

Salvador. Son la prueba viviente de los pactos criminales. El presidente recién reelecto ha violado

todos los cuerpos de ley de El Salvador; y el uso patrimonial del Estado y su saqueo sistemático

están suficientemente documentados. Es una mala noticia para quienes desean el retorno de la

democracia a El Salvador: Nayib Bukele ha cruzado la línea de no retorno.

Se nos viene una dictadura.

Carlos Dada es director de El Faro.

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