"Cartas del diablo a su sobrino" (C.S. Lewis)

VI. No hay nada como el suspense y la ansiedad para parapetar el alma de un humano contra Dios. Él quiere que los hombres se preocupen de lo que hacen, en lugar de estar pensando constantemente sobre qué les pasará.

Es importante aceptar con paciencia la tribulación que a cada uno le cae en suerte: el suspense y la ansiedad actuales. «Hágase tu voluntad» implica entender la cruz como el temor presente y no como las cosas de las que se tiene miedo.

Cuando se dirige la malicia a los vecinos inmediatos (a los que se ven todos los días) y se proyecta la benevolencia a la circunferencia remota (a la gente que no se conoce) implica que la malicia se hace totalmente real y la benevolencia en gran parte imaginaria.

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(Continúa)

XVIII. Lo que Dios exige a los humanos adopta la forma de un dilema: o completa abstinencia o monogamia sin paliativos. Es un error pensar que la efímera experiencia a la que se llama «estar enamorados» es la única base respetable para el matrimonio; de que el matrimonio puede, y debe, hacer permanente este entusiasmo, y de que un matrimonio que no lo consigue deja de ser vinculante.

Dios describió la pareja casada como «una sola carne». A partir de que esta relación trascendente estaba prevista para producir el afecto y la familia, se puede dar que los humanos infieran la falsa creencia de que la mezcla de afecto, temor y deseo que llaman «estar enamorados» es lo único que hace feliz o Santo el matrimonio. La base del matrimonio no es esta, sino más bien su resultado.

(Continúa)

XXI. La sensación de ofensa depende del sentimiento de que una pretensión legítima les ha sido denegada. Por tanto, cuantas más exigencias a la vida tenga la persona, más a menudo se sentirá ofendida y de mal humor.

El hombre no puede ni hacer ni retener un instante de tiempo; todo el tiempo es un puro regalo. Los humanos siempre están reclamando propiedades que resultan igualmente ridículas en el Cielo y en el Infierno. Gran parte de la resistencia moderna a la castidad procede de la creencia de que los hombres son «propietarios» de sus cuerpos.

Cuando los hombres dicen «mi Dios» en un sentido realmente no muy diferente del de mis botas, significa «el Dios a quien tengo algo que exigir a cambio de mis distinguidos servicios y a quien exploto desde el púlpito».

(Continúa)

XXV. Resalta esta carta la importancia de ser meramente cristiano. Cada uno de nosotros tenemos intereses individuales, pero el lazo de unión debe seguir siendo el mero cristianismo sin sustituir la fe misma por alguna moda de tonalidad cristiana (cristianismo y la Nueva Psicología, cristianismo y el Vegetarianismo, cristianismo y el Nuevo Orden...) esto refleja el horror a Lo Mismo de Siempre.

Al igual que la glotonería se produce por el aislamiento del placer de comer coma también la exigencia de absoluta novedad se da por el aislamiento y exageración del natural placer del cambio. Dios ha contrapesado su amor al cambio con su amor a lo permanente, de manera que los hombres no solo se sienten satisfechos sino transportado por la novedad y familiaridad combinada de los copos de nieve de este enero, del amanecer de esta mañana, del pudín de estas navidades.

C. S. Lewis advierte de la exigencia de cambios infinitos o arrítmicos, ya que el placer de la novedad, por su misma naturaleza, está más sujeto que cualquier otro a la ley del rendimiento decreciente. Una novedad continua cuesta dinero, de forma que su deseo implica avaricia o infelicidad, o ambas cosas. Cuanto más ansioso sea este deseo, antes debe engullir todas las fuentes inocentes de placer y pasar a aquellas que son destructivas para el hombre.

(Continúa)

XXX. No es simplemente la fatiga como tal la que produce la irritación, sino las exigencias inesperadas a un hombre ya cansado. Sea lo que sea lo que esperen, los hombres pronto llegarán a pensar que tienen derecho a ello: el sentimiento de decepción puede ser convertido en un sentimiento de agravio. Los peligrosos cansancio humilde y amable comienzan cuando los hombres se han rendido a lo irremediable, una vez que han perdido la esperanza de descansar y han dejado de pensar hasta en la media hora siguiente.

El concepto que C. S. Lewis aborda aquí, como en el problema de la cobardía, es la entrega absoluta.