(Continúa)

El pasaje conocido como las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-23) representa la Carta Magna del cristianismo.

Jesús proclama felices, es decir, definitivamente perfectos, realizados, a aquellos que viven situaciones de carencia, de límite, de debilidad y de fragilidad. La totalidad está espléndidamente expresada en la primera bienaventuranza, y no es solo un primado cronológico: «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).

En el Evangelio la situación de fragilidad, de carencia, de límite, de pobreza material y existencial, lejos de revelarse un impedimento para la acción de Dios, se convierte en condición indispensable para hacer experiencia de esa salvación que llega de otra parte y es capaz de realizar el corazón.

Llorar quiere decir finalmente haber reconocido su profunda pobreza. Es un acto de verdad, un dejar caer las manos con las que nos defendíamos, o defendíamos nuestra propia imagen y presunción.

Las lágrimas, brotadas de haber conocido el propio límite y la propia fragilidad, son como el asentimiento dado a Dios para intervenir en nuestra historia.

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A Zaqueo, que creía poder vivir solamente «en lo alto», Jesús le dice: «Baja» (Lc 19, 5). Bajar, salir al descubierto, manifestar las propias zonas de sombra es lo que permite encontrar al médico, hacerse curar, ser objeto de compasión.