En este país no hace falta dispararte para matarte. Te eliminan de forma más lenta: con ansiedad, con tristeza, con esa depresión que te apagan desde adentro. Aquí no hay ejército, pero sí mafias disfrazadas de santos. Las élites religiosas bendicen el poder mientras hunden al pueblo en el miedo y el silencio. La prensa, que debería hablar, coopera. Y la verdad, cuando se asoma, se convierte en blanco.
Sobrevives con la cabeza agachada, tragando palabras, esquivando miradas. Porque todo aquí es por detrás. Te dan la mano y te clavan la daga con la otra. Se visten de paz, pero reparten muerte.
Y después, con cara de sorpresa, preguntan por qué quieres irte. Como si no vieran lo que hacen. Como si no entendieran que vivir no es simplemente respirar.