No se puede vivir en paz en un país sin ejército, donde el poder está en manos de mafias disfrazadas de líderes morales. Aquí no hay balas oficiales, pero sí silencios comprados. Hasta los periodistas, que deberían defender la verdad, cooperan con el sistema, repitiendo discursos vacíos mientras callan lo esencial. En este país, la paz es solo una fachada. Lo que reina es el miedo, la doble cara y el castigo a quien se atreve a hablar.

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