(Continúa)

Las personas existimos solo en cuanto limitados. Limitados en el tiempo en el espacio y en el amor. También está el límite del otro en cuanto distinto a nosotros. La alteridad, dentro y fuera de nosotros, frusta nuestro deseo de «cómo deberían ser las cosas». Cuando la alteridad da miedo asume el nombre de enemigo.

En el horizonte ético de los antiguos el error más grave era la desmesura, el exceso que traspasa los límites. Hoy la palabra límite recuerda a dependencia, inferioridad, falta, o sea, algo de lo que hay que liberarse lo antes posible. Narrado en el Génesis (cf. Gén 4, 1-8).

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La perfección para nosotros consistirá en conseguir aceptar nuestras partes más enfermas y hacerlas convivir junto a las más sanas. Nosotros somos las heridas que se nos han infringido, los abusos sufridos, la desviaciones vividas, con todo lo demás de espléndido que llevamos dentro. ¿Por qué que mutilarnos, por qué rechazar algunos de nuestros aspectos?

Significaría renegar de nosotros mismos. Es normal que alcancemos la santidad no cuando todo este mundo sombrío que llevamos dentro desaparezca, sino cuando en todo esto experimentamos la presencia de Dios, que viene a visitarnos y a manifestarnos su amor.

El Dios de la Revelación entra dentro de la historia heridas y fracasadas, para llevar adelante «su» historia de salvación. Una historia de salvación que utiliza material que, para las personas será siempre de deshecho, mientras a sus ojos es precioso e indispensable, aunque pueda estar enfermo (cf. Cor 1, 28).

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El pasaje conocido como las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-23) representa la Carta Magna del cristianismo.

Jesús proclama felices, es decir, definitivamente perfectos, realizados, a aquellos que viven situaciones de carencia, de límite, de debilidad y de fragilidad. La totalidad está espléndidamente expresada en la primera bienaventuranza, y no es solo un primado cronológico: «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).

En el Evangelio la situación de fragilidad, de carencia, de límite, de pobreza material y existencial, lejos de revelarse un impedimento para la acción de Dios, se convierte en condición indispensable para hacer experiencia de esa salvación que llega de otra parte y es capaz de realizar el corazón.

Llorar quiere decir finalmente haber reconocido su profunda pobreza. Es un acto de verdad, un dejar caer las manos con las que nos defendíamos, o defendíamos nuestra propia imagen y presunción.

Las lágrimas, brotadas de haber conocido el propio límite y la propia fragilidad, son como el asentimiento dado a Dios para intervenir en nuestra historia.

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A Zaqueo, que creía poder vivir solamente «en lo alto», Jesús le dice: «Baja» (Lc 19, 5). Bajar, salir al descubierto, manifestar las propias zonas de sombra es lo que permite encontrar al médico, hacerse curar, ser objeto de compasión.