«Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Isaías 55, 8).
El comenzar a estudiar nuevos fenómenos significa no sólo la apertura de un campo fascinante sino la dura tarea de des-prender mucho de lo aprendido: el hecho de observar con una nueva lógica una miríada de fenómenos ya estudiados desde otros ángulos exige el esfuerzo simultáneo de luchar en contra de la contaminación por parte de los hábitos previos de pensar y de percibir.
Juan Ramón Rallo, en su libro "Liberalismo", explica que la idea de los derechos individuales como restricciones impuestas al orden político en favor del individuo es clave dentro de la tradición filosófica del liberalismo.
De hecho, los pensadores liberales han llegado a hablar en numerosas ocasiones de los «derechos naturales» de las personas para referirse a aquellas restricciones que, a su juicio, deberían ser consustanciales a todo orden político. Probablemente, la expresión más clara de esta mentalidad iusnaturalista quepa encontrarla en la propia Declaración de Independencia de Estados Unidos.
En palabras de Badaracco, una identificación alienante implica la presencia del otro (figuras parentales) dentro del self que en vez de haberle dado elementos a ese ser humano para poder ser él mismo en realidad lo invadió, lo parasitó, lo habitó, ocupó el lugar del sí-mismo propio, le impidió ser dueño de su propia vida y le condicionó vivir la vida a la manera del otro, ya sea en la realidad o intrapsíquicamente.
(Continúa)
A Zaqueo, que creía poder vivir solamente «en lo alto», Jesús le dice: «Baja» (Lc 19, 5). Bajar, salir al descubierto, manifestar las propias zonas de sombra es lo que permite encontrar al médico, hacerse curar, ser objeto de compasión.
(Continúa)
El pasaje conocido como las bienaventuranzas (Mt 5, 1-12; Lc 6, 20-23) representa la Carta Magna del cristianismo.
Jesús proclama felices, es decir, definitivamente perfectos, realizados, a aquellos que viven situaciones de carencia, de límite, de debilidad y de fragilidad. La totalidad está espléndidamente expresada en la primera bienaventuranza, y no es solo un primado cronológico: «Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos» (Mt 5, 3).
En el Evangelio la situación de fragilidad, de carencia, de límite, de pobreza material y existencial, lejos de revelarse un impedimento para la acción de Dios, se convierte en condición indispensable para hacer experiencia de esa salvación que llega de otra parte y es capaz de realizar el corazón.
Llorar quiere decir finalmente haber reconocido su profunda pobreza. Es un acto de verdad, un dejar caer las manos con las que nos defendíamos, o defendíamos nuestra propia imagen y presunción.
Las lágrimas, brotadas de haber conocido el propio límite y la propia fragilidad, son como el asentimiento dado a Dios para intervenir en nuestra historia.
«¡Igualdad!», oigo gritar
al jorobado Torroba.
Y se me ocurre pensar:
¿Quiere verse sin joroba,
o nos quiere jorobar?
Manuel del Palacio
(Continúa)
La perfección para nosotros consistirá en conseguir aceptar nuestras partes más enfermas y hacerlas convivir junto a las más sanas. Nosotros somos las heridas que se nos han infringido, los abusos sufridos, la desviaciones vividas, con todo lo demás de espléndido que llevamos dentro. ¿Por qué que mutilarnos, por qué rechazar algunos de nuestros aspectos?
Significaría renegar de nosotros mismos. Es normal que alcancemos la santidad no cuando todo este mundo sombrío que llevamos dentro desaparezca, sino cuando en todo esto experimentamos la presencia de Dios, que viene a visitarnos y a manifestarnos su amor.
El Dios de la Revelación entra dentro de la historia heridas y fracasadas, para llevar adelante «su» historia de salvación. Una historia de salvación que utiliza material que, para las personas será siempre de deshecho, mientras a sus ojos es precioso e indispensable, aunque pueda estar enfermo (cf. Cor 1, 28).
(Continúa)
Las personas existimos solo en cuanto limitados. Limitados en el tiempo en el espacio y en el amor. También está el límite del otro en cuanto distinto a nosotros. La alteridad, dentro y fuera de nosotros, frusta nuestro deseo de «cómo deberían ser las cosas». Cuando la alteridad da miedo asume el nombre de enemigo.
En el horizonte ético de los antiguos el error más grave era la desmesura, el exceso que traspasa los límites. Hoy la palabra límite recuerda a dependencia, inferioridad, falta, o sea, algo de lo que hay que liberarse lo antes posible. Narrado en el Génesis (cf. Gén 4, 1-8).
Elogio de la vida imperfecta (Paolo Scquizzato).
La perla, con toda su belleza, nace cuando una ostra es herida como parte de la cicatrización.
De la misma manera hemos de vendar nuestras heridas con la sustancia cicatrizante que es el amor. La alternativa es el resentimiento hacia los demás y uno mismo por no ser de otra manera. Sin embargo, siguiendo la analogía, aquí aspiramos a ser «ostras vacías», unos «puros» (con todo lo imposible que es esto). La santidad no es la ausencia de pecado, sino el reconocimiento de nuestra debilidad.
El Evangelio exhorta a colocar en el centro nuestro límite y fragilidad (a través del enfermo, el pobre, el débil) como centro de la vida cristiana.